TERCER  ATAQUE  A LA CASA O FUERTE DE ARAUCO
 
En lontananza se divisaban aun las últimas tropas mapuches que se retiraban a las espesuras de Nahuelbuta, donde se encontraban los ancianos esperando que las fuerzas al mando de Petegolen regresaran victoriosas con la buena nueva de que los huinca fueron expulsados.
Al imponerse Colo Colo que el sitio del fuerte enemigo tuvo que ser levantado a consecuencia de la hambruna que sufrían los conas. Dijo que también los hispanos tuvieron que estar hambrientos . Pero los machis lo llevaron a la realidad, manifestandole que los dioses de los huincas alimentaban a estos por medio de brujerías, que eran imposible conjurar por ellos, y que la única solución posible para expulsar al invasor consistía en alimentar bien a los conas y elegir a un nuevo Toqui para engañar a los espíritus que protegen a los huincas.
Terminada las cosechas, el pueblo araucano marchaba una vez más a intentar el exterminio de los invasores que se resistían a abandonar su territorio. Al llegar donde se alzaba el Fuerte de Arauco se dieron cuenta que los españoles aprovecharon todo el tiempo disponible en reconstruir, artillar y fortificar sus posiciones a tal punto de convertir la llamada Casa de Arauco en algo imposible de atacar, al tenerla rodeada por un lago que para poder salir o ingresar a ella, se necesitaba cruzar por un puente levadizo que estaba unida a una especie de península de unos doscientos metros de largo y no mas de tres de ancho a la que apuntaban cuatro cañones, además sobre la puerta de entrada y su alrededor se construyeron almenas para ubicar decenas de arcabuceros con lo que cualquier ataque resultaba suicida.
Los araucanos ahora al mando del toqui Antuhueno (trueno del cielo o relámpago) también levantaron su albarrada e impusieron un férreo sitio indefinido hasta rendir a los hispanos. Antes la imposibilidad de vencerse por medio de parlamentarios los castellanos ofrecen a los indios un encuentro de caballeros, donde el vencido y su gente se someterán a las condiciones impuestas por el vencedor. Los españoles designaron como su gladiador al soberbio jinete castellano Bernal del Mercado, conocido por su brillante capacidad guerrero como “El Cid de Arauco” y que en esta ocasión lucia como un caballero medieval, protegido de la cabeza a los pies con una coraza de metal que lo protegía de cualquier golpe o estocada que pudiera recibir.
Su oponente por la parte indígena fue el propio toqui Antuhueno quien llevaba por coraza un camisón de cuero de lobo marino relleno con lana que contrastaba con la del europeo a simple vista. De un comienzo la lucha fue pareja, ambos hombres se merecían por su capacidad y valor. Cada mortal arremetida era evitada con maestría por el oponente. Así pasaron horas sin hacerse daño dada la calidad de los contendores, de manera que se acordó darlo por terminado, ya que el superior armamento del peninsular, fue compensado por la audacia del indígena. Esto indicaba que las acciones a gran escala debían continuar indefinidamente porque los españoles no se retirarían a Concepción.
Los araucanos comenzaron el ataque construyendo unos grandes tableros para protegerse de las balas en su avance al igual como lo hicieron con Petegolen en el segundo ataque a este mismo fuerte. Se avanzó lentamente mientras en la retaguardia un grupo de conas se dedicaban a cavar el suelo, lo que fue interpretado por los hispanos como una manera de dificultar la acción de la caballería y no quisieron arriesgar a sus jinetes. Que hagan todos los hoyos que quieran decian. Mas el lago que rodea el fuerte nos da la seguridad de que no se acerquen a los muros y nos garantiza el agua para hombres y animales. Cual no sería su sorpresa al ver que el liquido elemento comenzaba a bajar de nivel peligrosamente. ¿Que había pasado? los  hoyos que estaban haciendo los indios eren acequias por la que secaron el lago en pocas horas  y los mapuches se hallaban en la orilla de los muros.
Pronto el agua comenzó a escasear dentro del fuerte, transformando su situación en muy critica en los primeros días hasta convertirse en desesperada, dado el foco infeccioso que provocó decenas de muertos. Para colmo el clima les jugaba una mala pasada, en ese año de sequía, donde de hacia varios meses no llovía, hecho que tenían muy presente ambos bandos.
Los españoles rogaban a San Isidro para que lloviera y así tener agua para sobrevivir y los indios pedían a sus espíritus que no lloviera y forzar al enemigo a capitular por sed. Mas una inoportuna lluvia se dejó caer en la zona causando jubilo en los sitiados. Quienes tenían aprobada la capitulación de salir hacia Concepción. Ese chubasco no cambiaba el acuerdo y se nombro la comisión que parlamentaría con los indios. En el preciso instante en que los mediadores se aprestaban a salir a pactar. Los mapuches iniciaron un movimiento que los alejaba del fuerte. Esto hizo dudar a los españoles que se abstuvieron de salir, obstando por esperar a ver que tramaban los aborígenes.
¿Que sucedía realmente? ¿Que tramaban los mapuches? ¿Por que se retiraban si habían conseguido que los hispanos se retiran de su suelo y estaban victoriosos?. Todas esas interrogantes se respondían en la actitud del supersticioso Antuhueno y sus caciques, que al ver caer las primeras gotas de lluvia, pensaron al igual que todos sus conas, que eran  las lagrimas de sus antepasados que lloraban al verlos incapaces de expulsar al enemigo de su territorio. Acto seguido se dio la orden de regresar a la tierra de origen de cada guerrero, perdiendo una oportunidad aun mas propicia que le tuvo Petegolen en este fuerte.
Mientra los españoles no salían del asombro que causaba la repentina retirada de los mapuches, que tan maltrechos los tenían. Estos se dirigían apesadumbrados hacia en demanda del rió Lebu , donde Antuhueno dejo pasar hasta el ultimo cona, quedándose solo en profunda meditación y tomar la decisión de ir a reunirse con los espíritus de sus abuelos que lloraban por su incapacidad de vencer al enemigo y lentamente se introdujo en las  aguas,  dejándose llevar por estas hacia el mar y morir ahogado a causa de la impotencia de no poder lograr la victoria tan anhelada por su pueblo.