LA MONJA ALFEREZ
 
Doña Catalina de Erauzo mujer  de un saldado español herido en Charleroi (Francia) hizo el voto para que este se restableciera  de enviar a sus cuatro hijas al convento de San Sebastian de Guipuzcoa en Vasconia, Isabel, María, Jacinta y Catalina esta ultima apenas de cuatro años  de edad, por lo en el convento no conoció el calor de hogar y si el duro trato que daba su confesora que profesó siendo viuda, por lo tanto bastante dura para castigar a las novicias.
 Catalina de 15 años de edad sintió entonces ganas incontroladas de fugarse del convento. Anhelo que hizo realidad el 18 de marzo de 1607 al porque ese año tenía que profesar y ella no quería ser monja por carecer de vocación. Estando la monjas en el día de San José , Catalina huyo del convento sin saber donde ir pues no conocía la ciudad. Se ocultó en el bosque donde transformó los hábitos en ropa de hombre., de allí caminó hasta Vitoria y entro de sirvienta, luego se trasladó a Valladolid, asiento de la corte española ingresando al servicio de don Juan Idiaguez, secretario de la cámara del rey Felipe III. El nuevo paje fue muy querido por su amo, que lo llamaba Francisco de Loyola (nombre que se puso Catalina).
En una ocasión la “doncella” vio llegar a su propio padre buscando ayuda para encontrar a su hija fugada del convento. Apenas le fue posible salir del escondite donde escuchó la conversación, la muchacha tomó sus ropas, unos doblones y huyó, para seguir a Bilbao con un arriero. de esta ciudad siguió a Estella de Navarra donde fue paje durante un año, pero el recuerdo de su familia la devolvió a San Sebastian, divisando varias veces a su madre, pero el temor al duro castigo la hizo luchar con el corazón hasta tomar la decisión de irse a Cádiz y de allí al Nuevo Mundo para fijar su residencia en Trujillo (Perú) donde entró al servicio de don Juan Urquiza, hombre que le prodigó toda su confianza y cuando tuvo que viajar a Lima lo (la) dejo a cargo de su negocio, donde llego un señor de apellido Reyes que la ofendió apoyado en la escasa edad de Catalina.
 Pero esta reaccionó comprándose un puñal, (siendo la primera vez que tuvo una espada al cinto) y al día siguiente lo desafió a duelo frente a la iglesia, dejándolo herido. Su protector debió sacarlo (la) del calabozo y temiendo la represalia de Reyes la envió a Lima, donde el maestre de campo don Diego Bravo de Saravia reunía tropas para llevarlas a Chile en donde el cacique Pailamacu tenia sublevados a los indios..
Doña Catalina no vaciló en enrolarse al ejercito que estaba a punto de partir en seis galeones, inscribes entonces con su nuevo nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán convencida que con su espada defendería mejor la fe cristiana y al rey. En veinte días llegaron a Concepción donde gobernaba Alonso García de Ramón y le servia de ayudante de ordenes el capitán don Miguel de Erauzo, (su hermano) que Catalina no conocía, pues cuando el salió de España ella tenía dos años de edad.( Los hermanos de Catalina eran ocho, cuatro hombres y cuatro mujeres) Al pasar lista el capitán Erauzo a los soldados, al llegar el turno de la monja y escuchar el lugar de su procedencia, se puso de pie y la abrazó, preguntándole si conocía a su familia y que sabia de su pequeña hermana perdida.
La muchacha estuvo a punto de derrumbarse, pero se contuvo de guardar su secreto y le respondió que todos estaban bien. Doña Catalina o el soldado Alonso Díaz Ramírez fue destinado al peligroso fuerte de Paicaví situado en la temida zona de la cordillera de Nahuelbuta, donde se vivía con el arma al brazo y conocida como “El cementerio de los españoles” . En donde mas de alguna escaramuza tuvo que  enfrentar. Pero fue en Valdivia a donde la incansable lanza guerrera obligo a marchar a los hispano para trabarse en una violenta batalla con los conas del cacique Aillavilú que en un formidable ataque se incrustó en el centro del combate arrebatándole el estandarte del batallón de doña Catalina, pero esta con un grupo de soldados lo persiguió en medio de la lucha en la cual resultó herida en un hombro, pero recuperó el pendón y mató al ladrón.
En el mismo campo de batalla fue ascendida al grado de “Alférez” y tras reponerse de sus heridas pidió ser enviada al fuerte de Puren para ejercer su cargo tan bien ganado. Allí fue donde un día se presentó el cacique Quispihuancha tomando posiciones estratégicas que el capitán Gonzalo Rodríguez consideró muy grave y al amanecer con la esperanza de vencer a los indios, lanzó un ataque, pero los indios alertados por sus espías lo repelieron con violencia
y Quispihuancha quiso ganarles la entrada al fuerte para impedirle guarecerse. La batalla por la puerta del pucará fue sangrienta, encontrando la muerte el propio capitán Gonzalo Rodríguez, le reemplazó por  sucesión de rango la Monja Alférez que ganó la guarnición .
Después de seis meses de duro sitio, su comandante “la monja alférez” decidió enviar un correo a Concepción para pedir ayuda y para que estos pudieran salir organizó un ataque relámpago contra los sitiadores, cien veces mas numerosos, cuyo resultado no fue una victoria, pero logró dar muerte al cacique Quispihuancha.
Cuando llegó la noticia a Concepción el gobernador Alonso de Ribera no pudo premiar a la monja alférez, porque había llegado el sacerdote Luis de Valdivia trayendo la orden del rey de España de practicar la guerra defensiva y apaciguar los ánimos, propiciando el parlamento de Paicaví al que fueron invitados mas de 300 caciques, pero no los principales como Pelantaro, Aillavilu, Teraulipe, Huaiquimilla, Anganamón entre otros rebeldes.
Catalina Erauzo o Alonso Diaz Ramírez de Guzmán al no tener que combatir, siguió el camino de las pendencias, debiendo salir del país huyendo de la justicia a causa de cuatro muertos victimas de sus reyertas. Sus inquietos pasos la llevaron a Potosí, siempre metida en problemas de jugador, camorrista y perdonavidas, registrando cinco asesinatos y por lo menos ocho riñas a cuchillo, en una de ellas sufrió graves heridas, confesando al obispo de Guamanga su condición de mujer y pidiéndole que intercediera por ella para tomar los hábitos de monja. Cumplido su anhelo viajo a España a profesar y luego volvió a México donde murió a los 58 años de edad en Cotestla, cerca de Puebla en el año 1650.