| Este
rico yacimiento de oro lo encontró una patrulla de soldados españoles al
mando del gobernador don Martín García Oñez de Loyola que fundo ahí la ciudad
de Santa Cruz de Coya en honor de su esposa doña Clara Beatriz de Coyah,
hermosa princesa incaica que prendió su corazón. Esta población también cayó
bajo la avalancha araucana junto a la otras siete ciudades que fueron
arrasadas en la sublevación provocada por la ambición de la familia Salazar.
Mas la codicia por el oro, nuevamente la estaba poblando con el nombre de
Millapoa (vientre de oro) donde los indios para no ser victimas de crueles
castigos, tenían que trabajar sin descanso, casi como esclavos. Aunque no
estaban libres de las periódicas palizas, para que no intentaran alzarte
contra sus feroces amos. Las vejaciones sufridas por estos desdichados
mapuches llegaron a los oídos del Mestizo Alejo que se encontraba en su ulmén
de Quilleco a donde llegaron prisioneros casi agónicos llevados desde
Millapoa, siendo conducidos a su presencia, supo que allí en esa faena minera
tenían verdugos negros.. |
|
| Esta
costumbre de darle jerarquía a esclavos gigantones africanos, seres
primitivos criados desde la mas tierna infancia en el dolor, la tortura e increíbles sufrimientos. Sin lugar a
dudas al verse con el poder de vengarse de sus propios males, se convertían
en sanguinarios verdugos, que sin vacilar, azotan, torturan y mutilan con
verdadero placer. Gozando con el sufrimiento y los hayes de sus
victimas. Alejo que en su infancia
vio como se torturaban a los esclavos en Concepción, cortándoles la narices,
lenguas, orejas, brazos y pies. Amen de marcarlos con hierros candentes, como
a los animales por pequeñas faltas. Montó en cólera y ordenó a los vice
toquis Quintralef y Loncoluan, preparar en el acto la marcha
sobre Millapoa a la que llegaron a la media noche, cayendo por sorpresa sobre
ella y pasando a cuchilla y lanza a todo el que se encontraba con arma en la
mano en actitud de usarla. En cambio se le perdonaba la vida y hacía
prisionero a quienes se entregaban sin resistir. Personalmente Alejo eliminó
al gigantón Pachingo, que se batió con un inmenso mazo, el que nada le valió
ante el ágil mestizo. |
|